Clara Téllez-Pérez
Dept. de Lengua Española, Universidad de Salamanca, España

(dp) Adam U, NOAA.
Tradicionalmente, el lenguaje se ha considerado como el rasgo más distintivo de los seres humanos frente a otros animales. Sin embargo, a la luz de las investigaciones más recientes, cabe cuestionar hasta qué punto se trata de una capacidad exclusivamente humana. Recientes hallazgos sobre los sistemas comunicativos propios de otras especies, particularmente los delfines, ponen en tela de juicio esta singularidad. Si bien el lenguaje humano no parece tener parangón en la naturaleza, los sistemas comunicativos de otros animales muestran un grado de sofisticación sorprendente y características que antes solo se habían asociado con el lenguaje humano.
En el ámbito de la lingüística suele describirse al ser humano como homo loquens (‘hombre que habla’) y es que, ciertamente, nuestra capacidad para expresar sentimientos o ideas mediante las palabras es extraordinaria en el mundo animal. No es de extrañar, por tanto, que los primeros estudios centrados en el lenguaje de los animales tuvieran una clara visión antropocéntrica y pusieran el foco no tanto en los sistemas comunicativos propios de otras especies, como en hasta qué punto eran capaces de «hablar», esto es, de utilizar el lenguaje humano.
El siglo XX se convirtió en la época dorada de estos experimentos, pero su éxito fue escaso y se limitó al aprendizaje de ciertas palabras por parte de los chimpancés o los delfines (Lyn, 2012). Desde la segunda mitad del siglo XX, aproximadamente, se observa un cambio de paradigma, ya que comenzamos a preguntarnos si otros animales se comunican entre ellos, cómo es ese procedimiento y en qué contextos se utiliza. Sin embargo, en las investigaciones que surgieron a partir de ese momento el papel del lenguaje humano sigue siendo relevante, ya que el grado de complejidad de los distintos sistemas comunicativos animales tiende a valorarse en función de qué características del lenguaje humano estén presentes. Una de dichas propiedades es, por ejemplo, la semanticidad (Hockett, 1962), es decir, cuando las herramientas para comunicar (sonidos, gestos, silbidos, etc.) tienen un significado vinculado a elementos de la realidad. Si bien resulta obvio que el lenguaje humano tiene dicha cualidad, a priori no resulta tan fácil identificarla en sistemas comunicativos animales. Sin embargo, parece que los delfines tienen algo que decir al respecto.
Los primeros estudios sobre la comunicación entre delfines descubrieron que estos se comunican mediante chillidos o silbidos. En cautividad, parece que incluso pueden modular dichos silbidos para aprender palabras de sus cuidadores. Sin embargo, la verdadera cuestión es: ¿hay semanticidad en el sistema comunicativo propio de los delfines? En 1986, Tyack apuntó hacia una respuesta afirmativa cuando analizó la comunicación entre dos delfines en un acuario de Massachusetts. Spray, hembra, y Scotty, macho, se comunicaban mediante silbidos. Tras grabar estos sonidos y clasificarlos, descubrió que cada delfín tenía preferencia por un silbido muy concreto que constituía más del 70 % de sus propios silbidos. Estos silbidos favoritos varían en gran medida de delfín a delfín y, además, se van desarrollando desde el nacimiento, pues las crías practican diferentes versiones hasta que llegan a la adultez y fijan su propio patrón (Hart, 2012; King et al. 2013).
¿Suponen los silbidos un ejemplo de semanticidad en la comunicación de los delfines? Eso parece. Caldwell y Caldwell (1965) se refieren a estos silbidos como la firma de cada delfín, esto es, un sonido distintivo cuyo significado es la propia identidad del emisor. De hecho, se ha demostrado, tanto en libertad como en cautividad, que los delfines de una comunidad pueden reconocer a sus congéneres a través de tales silbidos. Esto fue comprobado en un experimento en el que un grupo de investigadores sujetaban a delfines y reproducían a través de altavoces un silbido concreto de otro miembro de su grupo que habían grabado previamente o silbidos de delfines desconocidos (Sayigh et al., 1998). Los delfines sujetos por los investigadores giraban la cabeza hacia el altavoz siempre que el sonido se correspondiera con uno de sus congéneres, incluso si no mantenían una relación estrecha con él. La tesis de los investigadores es que el giro de la cabeza se debe a que los delfines han reconocido a un miembro de su grupo. Asimismo, dado que los delfines reconocían sin dificultades no solo a aquellos congéneres con los que mantenían un vínculo estrecho sino también a otros conocidos con los que no se relacionaban asiduamente, los expertos sostienen que el reconocimiento no se debe a que los silbidos sean familiares, sino a que han identificado a individuos concretos de su grupo, esto es, han atribuido un significado específico a esos silbidos. Por otro lado, los silbidos parecen tener una clara función social, ya que cuando dos delfines interactúan y uno emite su firma, el otro tiende a repetirla, lo que podría servir para estrechar vínculos (Janik et al., 2006).
Las semejanzas entre el lenguaje humano y la comunicación entre los delfines podrían no limitarse a la presencia de semanticidad en ambos sistemas. Según un reciente estudio, ante la presencia de crías los delfines adultos adaptan sus silbidos y los hacen más agudos (Sayigh et al. 2023). Este comportamiento es muy similar al de seres humanos con niños a su cargo, que tienden al denominado maternés, esto es, a una forma de hablar con voz más aguda y oraciones más cortas. Esta práctica favorece que los niños adquieran su lengua materna. Muchos expertos hipotetizan que, en el caso de los delfines, la finalidad podría ser la misma, ya que las crías de estos animales deben aprender los silbidos vinculados a miembros específicos de su comunidad mientras desarrollan el suyo propio.
Así las cosas, los seres humanos y los delfines no compartimos únicamente nuestra condición de mamíferos. Además de ello, parece que ambas especies disponemos de un sistema comunicativo caracterizado por su semanticidad. Dicha cualidad ha sido observada también en otros sistemas de comunicación animales, en particular en el caso de los monos, de entre los que destacan las llamadas de alarma ante depredadores de los cercopitecos y las llamadas de los macacos rhesus en contextos de agresión entre miembros del grupo. En definitiva, si bien el lenguaje humano representa un caso singular dentro del reino animal con un alto grado de sofisticación, parece que no somos los únicos que utilizamos nombres propios para referirnos a miembros de nuestra familia o amigos, lo cual refleja la extraordinaria riqueza de la comunicación animal.
Referencias
Caldwell, M. C., y Caldwell, D. K. (1965). Individualized whistle contours in bottlenosed dolphins (Tursiops truncatus). Nature, 207, 434–435.
Hockett, C. F. (1962). A Course in Modern Linguistics. 4ª ed. MacMillan.
Janik, V. M., et al. (2006). Signature whistle shape conveys identity information to bottlenose dolphins. Proceedings of the National Academy of Sciences U.S.A., 103, 8293–8297.
Hart, S. (2013). El Lenguaje de los Animales. Alianza.
King, S. L., et al. (2013). Vocal copying of individually distinctive signature whistles in bottlenose dolphins. Proceedings of the Royal Society B, 280, 20130053 .
Lyn, H. (2012). Apes and the evolution of language:Ttaking stock of 40 years of research. En T. K. Shackelford y J. Vonk (eds.), The Oxford Handbook of Comparative Evolutionary Psychology (pp. 356–378). Oxford University Press.
Sayigh, L. S., et al. (1998). Individual recognition in wild bottlenose dolphins: A field test using playback experiments. Animal Behaviour, 57, 41–50.
Sayigh, L. S., et al. (2023). Bottlenose dolphin mothers modify signature whistles in the presence of their own calves. Proceedings of the National Academy of Sciences U.S.A., 120, e2300262120.
Tyack, P. (1986). Whistle repertoires of two bottlenosed dolphins, Tursiops truncatus: Mimicry of signature whistles? Behavioral Ecology and Sociobiology, 18, 251–257.
Manuscrito recibido el 16 de abril de 2026.
Aceptado el 26 de mayo de 2026.

