Juan José Rahona (a), Gonzalo Hervás (a), Susana Ruiz Fernández (b) y Carmelo Vázquez (a)
(a) Dept. de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos (Psicología Clínica), Universidad Complutense de Madrid, España
(b) Dept. de Psicología Cognitiva y Biológica, Universidad de Tübingen, Alemania
Un reciente estudio de la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad de Tübingen (Ruiz Fernández, Rahona, Hervás, Vázquez y Ulrich, en prensa) ha encontrado que la magnitud de un número puede influir en la dirección de la mirada hacia las imágenes que siguen a ese número. El procedimiento (tarea de libre elección) y el material usado (rostros humanos) sugieren que, en circunstancias más cercanas a la realidad, la magnitud de un número al que se ha atendido puede tener una influencia observable en los patrones de exploración visual del individuo.

La mayoría de nosotros sabe que los ojos parpadean espontáneamente. Muchos tenemos también la certeza de que este movimiento se produce varias veces por segundo. Pero lo que pocos conocen es que nuestro sistema atencional también parpadea. Pero así es. Aunque sea en un sentido metafórico, nuestra capacidad para mantener la atención sobre series de estímulos visuales sufre de apagones espontáneos que bloquean la identificación de algunos estímulos. Según recientes estudios, tanto el entrenamiento en técnicas de meditación como la presencia de estímulos afectivos pueden modular la ocurrencia de estos apagones a los que los investigadores llaman parpadeos de la atención.
Numerosas investigaciones tanto en animales como en humanos muestran cómo en ciertas situaciones los estímulos contextuales pueden tomar un papel crucial en la recuperación de la información aprendida. Una de estas situaciones es cuando los contextos donde el aprendizaje tiene lugar poseen valor informativo, en cuyo caso toda la información aprendida en ellos será dependiente del contexto donde se aprendió.
Nuestra habilidad para anticipar y prepararnos para reaccionar rápidamente a los estímulos depende de la corteza frontal. Los pacientes con daño en esta parte del cerebro muestran un déficit en los aspectos voluntarios de la preparación temporal. Afortunadamente, estos pacientes mantienen intactas las habilidades de preparación temporal de carácter más automático, lo cual abre nuevas posibilidades a nivel terapéutico.
La atención visual encubierta aumenta la percepción de estímulos en el campo periférico de visión. En personas jóvenes y de edad avanzada los tiempos de respuesta a estímulos se reducen cuando éstos son atendidos de manera encubierta. En pacientes con retinosis pigmentaria, la atención encubierta aumenta el número de estímulos detectados, lo que abre una nueva vía de rehabilitación visual.