Fake news: ¿de qué estamos hablando y por qué nos las creemos?

Ruth Villalón (1), Mª Ángeles Melero (1) y Núria Castells (2)
(1) Dept. de Educación, Universidad de Cantabria, España
(2) Dept. de Cognición, Desarrollo y Psicología de la Educación, Universidad de Barcelona, España

(cc) Ruth Villalón.

(cc) Ruth Villalón.

La diseminación de mentiras y propaganda ha existido en etapas previas de la historia, pero en el siglo XXI ha alcanzado una magnitud enorme. Actualmente, resulta muy difícil diferenciar una noticia falsa de otra que no lo sea, lo que puede acarrear graves consecuencias para la vida de las personas y para las sociedades democráticas. En este artículo presentamos una clasificación y una noción interactiva de las fake news y explicamos las principales razones ligadas a cómo funciona la mente humana que facilitan su aceptación. Concluimos resaltando la necesidad de formar a la ciudadanía sobre ello.

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Aunque la diseminación de mentiras no es un fenómeno nuevo en la historia de la humanidad, la magnitud de este problema ha aumentado muy sustancialmente en el siglo XXI. Las redes sociales han amplificado el problema, porque nos permiten transmitir la información que recibimos con gran velocidad, llegando en algunos casos a hacerse viral (Lazer et al., 2018). La situación se ha agravado con la inteligencia artificial, que puede incluso imitar voces y crear imágenes y vídeos falsos, lo que hace especialmente difícil diferenciar lo que es cierto de las fake news.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de fake news? Este término anglosajón se traduce literalmente como “noticias falsas” y es un término paraguas, más que una noción definida coherentemente en la literatura científica (Musi y Reed, 2022). En términos generales, hace referencia a información que no cumple las normas, tanto de rigor como éticas, que deben seguir los medios informativos (Lazer et al., 2018). Así, en primer lugar, en lo que se refiere a su grado de rigurosidad o veracidad, la información puede ubicarse en un continuo con muchos grises, que en un extremo tendría las noticias rigurosas y en el extremo de “falsedad” se encontrarían los bulos. A lo largo de este continuo, se incluyen, por ejemplo, noticias relacionadas con catástrofes naturales actuales, pero con imágenes de otros lugares o de otros momentos temporales. Así pues, la realidad es muy compleja, ya que pueden encontrarse mezclados datos reales y falsos, por lo que estos “grises” se denominan semi-fake news (Musi y Reed, 2022).

En segundo lugar, las fake news suelen conllevar la intención deliberada de hacer daño a alguien (piénsese en los mensajes de odio hacia determinados colectivos) o la de manipular el pensamiento o conducta de la gente (Lazer et al., 2018), como, por ejemplo, en el intento de manipulación de algunas elecciones presidenciales (véanse otros ejemplos en la Tabla 1). Es decir, hay dos criterios para clasificar las fake news: el grado de contenido engañoso o erróneo y la intención de herir o manipular, que pueden darse a la vez o no. En cualquier caso, con o sin intención malévola, la información no rigurosa es potencialmente dañina. Dada la complejidad que introduce el cruce entre estos dos criterios, algunos autores han planteado sustituir el término fake news por el de “desorden informativo” (Wardle y Derakhshan, 2017).

Tabla 1. Conceptos relacionados con las fake news.Pero ¿por qué nos creemos las noticias falsas? A la hora de dar por buena una información influyen características del propio mensaje (como el grado de falsedad de su contenido, el formato, estructura y estilo lingüístico con el que está escrito o el medio a través del cual se recibe), pero también variables de la persona que recibe la información, tanto de tipo cognitivo, como emocionales y sociales. Si atendemos específicamente a las variables más directamente implicadas, podemos identificar, entre otras, las siguientes:

  • Nivel de conocimiento previo sobre el tema: si una persona tiene una base sólida de conocimiento específico puede distinguir claramente si una noticia sobre esa temática concreta es falsa (Kiili et al., 2024).
  • El “principio de mínimo esfuerzo”, que hace recurrir al pensamiento intuitivo frente al analítico y crítico. El segundo es más costoso y dependiente tanto del tiempo disponible para procesar la información como de un mayor conocimiento científico sobre el tema de la noticia falsa (Weiss et al., 2020).
  • Errores habituales en el razonamiento, como el sesgo de confirmación (Zhou y Shen, 2021), que consiste en la tendencia a corroborar nuestras propias creencias e hipótesis (más que a refutarlas), y a atender, buscar, seleccionar y confiar en la información que las apoya.
  • La inteligencia emocional: como las noticias falsas buscan provocar una alta reactividad emocional para incitar un procesamiento rápido de la información, las personas con alta inteligencia emocional están más capacitadas para detectarlas y descartarlas (Preston et al., 2021). Al disponer de un mayor control de esa intensa reactividad emocional, pueden someter la información a un mayor grado de pensamiento analítico.

Quienes crean noticias falsas se aprovechan de estos mecanismos cognitivos, así como de la activación emocional que estas noticias generan. Por tanto, que se analice a fondo la información depende, en último término, del receptor. Este necesita disponer de herramientas de pensamiento crítico y de control emocional que le permitan cuestionar la validez de las evidencias que se aportan, así como atender a detalles concretos de cómo y dónde se presenta la información y a qué intenciones responde. En esta línea se enmarcan las directrices que ha publicado la Comisión Europea (2022) para apoyar a quienes quieran combatir este preocupante problema. Es esencial que la educación obligatoria incluya conocimientos sobre la problemática de las fake news para garantizar personas y sociedades saludables y democráticas.

Referencias

Comisión Europea, Dirección General de Educación, Juventud, Deporte y Cultura (2022). Directrices para profesores y educadores sobre la lucha contra la desinformación y la promoción de la alfabetización digital a través de la educación y la formación. Oficina de Publicaciones de la Unión Europea. https://data.europa.eu/doi/10.2766/36

Kiili, C., Strømsø, H. I., Bråten, I., Ruotsalainen, J., & Räikkönen, E. (2024). Reading comprehension skills and prior topic knowledge serve as resources when adolescents justify the credibility of multiple online texts. Reading Psychology, 45, 662-689.

Lazer, D. M., Baum, M. A., Benkler, Y., Berinsky, A. J., Greenhill, K. M., Menczer, F., … & Zittrain, J. L. (2018). The science of fake news. Science, 359, 1094-1096.

Musi, E., & Reed, C. (2022). From fallacies to semi-fake news: Improving the identification of misinformation triggers across digital media. Discourse & Society, 33, 349-370.

Preston, S., Anderson, A., Robertson, D., Shephaard, M. P., & Huge, N. (2021). Detecting fake news on Facebook: The role of emotional intelligence. PLoS ONE, 16, e0246757.

Wardle, C. & Derakhshan, H. (2017). Information disorder: Toward an interdisciplinary framework for research and policymaking (Vol. 27, pp. 1-107). Council of Europe.

Weiss, A.P., Alwan, A., Garcia, E.P., & Garcia, J. (2020). Surveying fake news: Assessing university faculty’s fragmented definition of fake news and its impact on teaching critical thinking. International Journal for Educational Integrity, 16, 1-30.

Zhou, Y., & Shen, L. (2021). Confirmation bias and the persistence of misinformation on climate change. Communication Research, 49, 500-523.

Manuscrito recibido el 30 de junio de 2025.
Aceptado el 9 de septiembre de 2025.

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