Pensar sin imágenes: el desafío de la afantasía a la ciencia cognitiva

Sergio Cermeño Aínsa
Dept. de Psicología Básica, Evolutiva y de la Educación, Universidad Autónoma de Barcelona, España

(cc) Sergio Cermeño Aínsa.

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La afantasía, caracterizada por la ausencia o extrema debilidad de imágenes mentales conscientes, se ha convertido en un fenómeno de gran interés para la ciencia cognitiva. La evidencia muestra que las personas con afantasía pueden desempeñarse normalmente en tareas espaciales y de razonamiento tradicionalmente asociadas a la imaginería visual, lo que cuestiona algunas concepciones establecidas sobre el papel de las imágenes mentales en la cognición. Este fenómeno reabre debates sobre la naturaleza misma de las representaciones mentales, la relación entre pensamiento y conciencia, o la fiabilidad de la introspección, además de aportar nuevas perspectivas sobre memoria, sueños y diversidad cognitiva humana.

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La mayoría de las personas cierran los ojos y son capaces de evocar, mediante imágenes mentales, el rostro de un familiar, una playa paradisíaca o el trayecto hasta su trabajo; otras dicen ser incapaces de generar voluntariamente este tipo de imágenes. Este fenómeno, conocido como afantasía, se caracteriza por la ausencia o marcada debilidad de la imaginería visual consciente, pese a que la percepción visual y otras capacidades cognitivas permanecen intactas. En contraste, la hiperfantasía se caracteriza por la presencia de imágenes mentales excepcionalmente vívidas.

La afantasía suele identificarse mediante cuestionarios de autoinforme, especialmente el Vividness of Visual Imagery Questionnaire (VVIQ; Marks, 1973), que evalúa la vivacidad de las imágenes mentales. Aunque su prevalencia oscila en función de los criterios de clasificación y los instrumentos de evaluación utilizados, se estima entre el 1% y el 4% de la población (Dance et al., 2022). Pero más allá de describir una diferencia individual, el interés por la afantasía reside en el desafío que supone a algunas concepciones fundamentales de la psicología y las ciencias cognitivas relativas a la naturaleza y el papel de las representaciones mentales. El desafío consiste en determinar cómo es posible que personas que dicen carecer de imágenes mentales puedan desempeñarse con normalidad en tareas que parecen requerirlas, como la amplitud espacial (mantener y reproducir temporalmente la ubicación de uno o varios elementos en el espacio), la rotación mental (girar mentalmente un objeto para determinar cómo se vería desde otra perspectiva) o la planificación visoespacial (secuenciar mentalmente movimientos o acciones en el espacio para conseguir un cierto fin; para una revisión sistemática, véase Jin et al., 2024).

En primer lugar, estos datos reavivan el dilema clásico sobre la relación entre pensamiento e imaginería mental. Durante décadas, se asumió que planificar, recordar o resolver problemas dependía de nuestra capacidad para proyectar imágenes internas. Sin embargo, si individuos sin imágenes mentales conscientes resuelven con éxito tareas espaciales complejas, el pensamiento podría operar mediante formatos representacionales alternativos. Esto reaviva el debate entre los modelos pictorialistas, que atribuyen al pensamiento representaciones de carácter pictórico (Kosslyn, 1994), y los modelos proposicionales, que defienden un código simbólico y abstracto (Pylyshyn, 2003), una especie de código interno que contiene las instrucciones para generar la experiencia subjetiva de estar viendo una imagen. La afantasía supone un desafío especialmente significativo para las primeras. Hoy, el debate se centra menos en el carácter de las representaciones mentales y se enfoca más en la naturaleza misma de la imagen mental. Aquí las posturas están divididas. Pearson (2019) sostiene que las imágenes mentales constituyen un formato representacional específico basado en simulaciones sensoriales generadas internamente, en ausencia de un estímulo externo; para Nanay (2025) son una forma de atención dirigida hacia representaciones perceptivas; y Phillips (2026) sugiere que podrían ser un simple epifenómeno, una experiencia consciente que acompaña a procesos cognitivos subyacentes que no son en sí mismos imagéticos. Así, la afantasía no solo reabre el debate sobre la función cognitiva de la imaginería, sino también sobre su propia naturaleza.

Un segundo problema afecta a la relación entre cognición y conciencia: ¿es posible pensar sin experimentar conscientemente aquello sobre lo que se piensa? Si la ausencia de imágenes mentales conscientes no implica déficits cognitivos generalizados, ¿hasta qué punto la cognición depende de la experiencia consciente? La afantasía sugiere que procesos habitualmente asociados a la imaginería visual podrían llevarse a cabo sin que exista una experiencia subjetiva correspondiente. En consecuencia, el fenómeno adquiere relevancia para los debates sobre la conciencia fenoménica, la conciencia de acceso y el papel funcional de la experiencia subjetiva (ver Lorenzatti, 2025, o Teng, 2026).

Además, la afantasía plantea un desafío metodológico al cuestionar cómo deben interpretarse los informes introspectivos de ausencia de imaginería y la fiabilidad de la experiencia consciente como guía para comprender los mecanismos que sustentan la cognición. Mientras autores como Teng (2026) sostienen que estos informes reflejan una diferencia genuina en la experiencia consciente, otros advierten que la falta de experiencia subjetiva no implica necesariamente la ausencia de representaciones o procesos visuales subyacentes (Pearson, 2019; Arcangeli, 2023). A este respecto, Nanay (2025) y Phillips (2026) han argumentado que la afantasía obliga a distinguir cuidadosamente entre representación (los datos procesados por el cerebro), atención (el foco del procesamiento), experiencia consciente (lo que el sujeto experimenta) y arquitectura cognitiva (los engranajes del cerebro), recordándonos que lo que la mente hace no siempre es lo que la mente reporta.

Otra cuestión relevante es la relación entre imaginación, memoria y sueños. Muchas personas con afantasía informan de dificultades para revivir visualmente recuerdos autobiográficos, pero indican que continúan experimentando sueños visuales (Dawes et al., 2020). Esta aparente paradoja sugiere que la imaginería voluntaria y la imaginería onírica podrían depender de mecanismos parcialmente independientes (Whiteley, 2021). De confirmarse esta hipótesis, la afantasía proporcionaría una oportunidad única para esclarecer hasta qué punto percepción, memoria, imaginación y sueño comparten una misma arquitectura cognitiva o descansan sobre sistemas funcionalmente diferenciados.

Finalmente, la afantasía invita a reflexionar sobre la verdadera escala de la diversidad cognitiva humana. Muchas teorías psicológicas han asumido implícitamente que las experiencias subjetivas funcionan bajo un patrón homogéneo y universal, pero la existencia de personas que carecen de una capacidad que considerábamos intrínseca al ser humano muestra hasta qué punto la experiencia mental puede variar entre individuos. En este sentido, la afantasía se suma a fenómenos como la sinestesia, la prosopagnosia o la visión ciega al revelar que la mente humana es probablemente más diversa de lo que sugieren los modelos cognitivos tradicionales (Zeman, 2024). Como señala Arcangeli (2023), este fenómeno cuestiona la tendencia a asumir que existe una única forma normal o paradigmática de imaginar, recordar o experimentar mentalmente el mundo.

En suma, la afantasía opera como un auténtico experimento natural sobre la arquitectura de la mente. Al mostrar que es posible pensar sin imágenes mentales visuales, la afantasía obliga a reconsiderar la naturaleza de las representaciones mentales, el papel de la conciencia, la fiabilidad de la introspección, la relación entre imaginación, memoria y sueños y la diversidad cognitiva humana. Por ello, constituye uno de los fenómenos más inquietantes para la ciencia cognitiva contemporánea. Su verdadero alcance no reside solo en cuestionar algunas concepciones tradicionales sobre la imaginación, sino en que pone en entredicho los supuestos fundamentales desde los que intentamos comprender la mente humana.

Referencias

Arcangeli, M. (2023). Aphantasia demystified. Synthese, 201, 31.

Dance, C. J., Ipser, A., Simner, J. (2022). The prevalence of aphantasia (imagery weakness) in the general population. Consciousness and Cognition, 97, 103243.

Dawes, A. J., et al. (2020). A cognitive profile of multi- sensory imagery, memory and dreaming in aphantasia. Scientific Reports, 10, 10022.

Jin, F., et al. (2024). A systematic review of aphantasia: Concept, measurement, neural basis, and theory development. Vision, 8, 56.

Kosslyn, S. M. (1994). Image and Brain: The Resolution of the Imagery Debate. The MIT Press.

Lorenzatti, J. J. (2025). Aphantasia: A philosophical approach. Philosophical Psychology, 38, 1476–1504.

Marks, D.F. (1973). Visual imagery differences in the recall of pictures. British Journal of Psychology, 64, 17–24.

Nanay, B. (2025). Varieties of aphantasia. Trends in Cognitive Sciences, 29, 965-966.

Pearson, J. (2019). The human imagination: The cognitive neuroscience of visual mental imagery. Nature Review Neuroscience, 20, 624–634.

Phillips, I. (2026). Aphantasia reimagined. Noûs, 60, 65–86.

Pylyshyn, Z. W. (2003). Seeing and Visualizing: It’s Not What You Think. MIT Press.

Teng L. (2026). Metacognition in Aphantasia: Taking the «conscious» view seriously. Neuropsychologia, 221, 109331.

Whiteley, C. M. K. (2021). Aphantasia, imagination and dreaming. Philosophical Studies, 178, 2111–2132.

Zeman, A. (2024). Aphantasia and hyperphantasia: Exploring imagery vividness extremes. Trends in Cognitive Sciences, 28, 467–480.

Manuscrito recibido el 11 de junio de 2026.
Aceptado el 9 de julio de 2026.

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