David Beltrán
Laboratorio de Potenciales Evocados, Universidad de La Laguna, España
La mayoría de nosotros sabe que los ojos parpadean espontáneamente. Muchos tenemos también la certeza de que este movimiento se produce varias veces por segundo. Pero lo que pocos conocen es que nuestro sistema atencional también parpadea. Pero así es. Aunque sea en un sentido metafórico, nuestra capacidad para mantener la atención sobre series de estímulos visuales sufre de apagones espontáneos que bloquean la identificación de algunos estímulos. Según recientes estudios, tanto el entrenamiento en técnicas de meditación como la presencia de estímulos afectivos pueden modular la ocurrencia de estos apagones a los que los investigadores llaman parpadeos de la atención.


Las evidencias de carácter biológico sugieren que, si bien la facultad del lenguaje puede considerarse, en lo sustancial, una capacidad cognitiva funcionalmente independiente, no lo sería por completo en términos genéticos/moleculares, neuronales o evolutivos.
Numerosas investigaciones tanto en animales como en humanos muestran cómo en ciertas situaciones los estímulos contextuales pueden tomar un papel crucial en la recuperación de la información aprendida. Una de estas situaciones es cuando los contextos donde el aprendizaje tiene lugar poseen valor informativo, en cuyo caso toda la información aprendida en ellos será dependiente del contexto donde se aprendió.
Distinguir cuándo una persona miente o dice la verdad es muy difícil. Investigaciones recientes sugieren que crear y mantener una mentira supone un considerable esfuerzo cognitivo, y que ese esfuerzo puede ser observable, ayudando a detectar las mentiras. Cuando se aumenta la carga cognitiva de los participantes mediante la simple instrucción de mirar a los ojos del entrevistador, los interlocutores pueden cazar al mentiroso por encima del nivel de azar.