{"id":16,"date":"2007-12-31T02:40:51","date_gmt":"2007-12-31T00:40:51","guid":{"rendered":"https:\/\/medina-psicologia.ugr.es\/ciencia\/?p=16"},"modified":"2010-02-04T11:53:14","modified_gmt":"2010-02-04T09:53:14","slug":"%c2%bfcomer-carne-nos-hizo-inteligentes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cienciacognitiva.org\/?p=16","title":{"rendered":"\u00bfComer carne nos hizo inteligentes?"},"content":{"rendered":"<p>Carlos Alberto Marmelada<br \/>\nCentro Educativo Mestral de Igualada, Barcelona, Espa\u00f1a.<\/p>\n<p><img style='margin-right:20px;'src=\"https:\/\/www.cienciacognitiva.org\/files\/2007-8.jpg\" alt=\"(cc) e-chan\" height=\"266\" hspace=\"10\" vspace=\"10\" width=\"200\" align=\"left\" \/><em>La inteligencia abstracta es lo que m\u00e1s nos diferencia de los restantes animales. Su origen contin\u00faa siendo un misterio sujeto a debate. Hay quienes afirman que emergi\u00f3 paulatinamente. En este sentido se ha propuesto que incorporar la carne a la dieta de los hom\u00ednidos pudo haber sido el detonante que la hizo surgir. Pero esta hip\u00f3tesis tiene sus lagunas.<\/em><\/p>\n<p><!--more--><a href=\"https:\/\/www.cienciacognitiva.org\/files\/CarlosMarmelada-CC-31diciembre2007.pdf\" title=\"Versi\u00f3n en pdf\" target=\"_blank\">[versi\u00f3n en pdf]<\/a><\/p>\n<p>Resulta evidente que la gran diferencia entre los humanos y los dem\u00e1s primates radica en la inteligencia abstracta que tenemos; y, sin embargo, a\u00fan no existe una definici\u00f3n de la inteligencia en la que todos los especialistas implicados desde los m\u00faltiples campos de saber humano est\u00e9n totalmente de acuerdo. De hecho, algunos cient\u00edficos incluso creen que jam\u00e1s podr\u00e1 lograrse (Calvin, 1994).<\/p>\n<p>De todos modos no podemos evitar preguntarnos: \u00bfCu\u00e1ndo empezamos a ser inteligentes los humanos? \u00bfC\u00f3mo apareci\u00f3 nuestra inteligencia? \u00bfLo hizo paulatinamente o de forma abrupta? El debate, lejos de estar resuelto, sigue siendo motivo de controversia. A partir de finales de los ochenta del siglo pasado, pero sobre todo en los noventa, fue tomando cada vez m\u00e1s cuerpo una explicaci\u00f3n de corte naturalista emergentista, en la que algunos cient\u00edficos suger\u00edan que un cambio en la dieta de los hom\u00ednidos que introdujo el consumo relativamente abundante de carne habr\u00eda dado lugar a cerebros m\u00e1s grandes en los que habr\u00eda podido empezar a emerger la inteligencia.<\/p>\n<p>Entre estos cient\u00edficos destacan Leslie C. Aiello y Peter Wheeler (Aiello &amp; Wheeler, 1995). Seg\u00fan estos autores, individuos con cerebros relativamente grandes tendr\u00edan la inteligencia m\u00ednima para ser los primeros en fabricar herramientas con las que romper las ca\u00f1as de los huesos para poder acceder al tu\u00e9tano, en donde se hallan los nutrientes m\u00e1s energ\u00e9ticos. De este modo, una alimentaci\u00f3n rica en grasas animales y en prote\u00ednas permitir\u00eda un aumento progresivo del volumen cerebral. Y con dicho incremento, un desarrollo progresivo de la inteligencia. En Espa\u00f1a esta tesis lleg\u00f3 al campo de la divulgaci\u00f3n cient\u00edfica de la mano de Juan Luis Arsuaga a trav\u00e9s de su libro: Los abor\u00edgenes. La alimentaci\u00f3n en la evoluci\u00f3n humana (Arsuaga, 2002).<\/p>\n<p>No cabe duda de que la incorporaci\u00f3n, en cantidades importantes, de productos alimenticios de origen animal a la dieta de los hom\u00ednidos supuso el primer gran cambio en la historia de la alimentaci\u00f3n humana. Es posible que los australopitecos ya carro\u00f1earan algo, de hecho los chimpanc\u00e9s cazan colobos rojos de tanto en tanto, e incluso se afirma que Orrorin tugenensis, hace seis millones de a\u00f1os, ya consum\u00eda algo de carne procedente del carro\u00f1eo. Pero fueron Homo habilis y Homo rudolfensis los primeros en incorporar cantidades de carne relativamente grandes a la dieta de los hom\u00ednidos, procedentes del carro\u00f1eo activo.<\/p>\n<p>La sustituci\u00f3n de una dieta casi exclusivamente vegetal (como la que ten\u00edan los australopitecos), muy rica en celulosa, por otra en la que la carne, rica en prote\u00ednas, desempe\u00f1aba un papel esencial (como la que adquirieron los primeros humanos y, a partir de ellos, todas las dem\u00e1s especies de Homo), ciertamente facilit\u00f3 el aporte energ\u00e9tico necesario para que aumentara el volumen del cerebro y disminuyera la longitud de los intestinos.<\/p>\n<p>A partir de este dato emp\u00edrico, algunos han querido ver en este cambio de orientaci\u00f3n en la dieta de los hom\u00ednidos la causa remota del origen de la inteligencia humana (Leonard, 2002). Los hay tambi\u00e9n que, yendo un paso m\u00e1s all\u00e1 de la tesis citada, sostienen que la alimentaci\u00f3n jug\u00f3 un papel tan importante en la evoluci\u00f3n humana como para ser la causa de la aparici\u00f3n del lenguaje oral (Richard Byrne, entrevista en La Vanguardia, 16.X.2002).<\/p>\n<p>Sin embargo, la teor\u00eda de que comer carne contribuy\u00f3 de forma esencial a que fu\u00e9ramos inteligentes no es un\u00e1nimemente aceptada. Por ejemplo, el genetista Stephen Oppenheimer se pregunta por qu\u00e9 los carn\u00edvoros por antonomasia, como los leones o la hienas, no han desarrollado una inteligencia como la nuestra (Oppenheimer, 2004). Oppenheimer observa que \u00abpara establecer una conexi\u00f3n directa entre dieta carn\u00edvora, empeoramiento del clima y crecimiento encef\u00e1lico necesitar\u00edamos hacer comparaciones con primates exclusivamente vegetarianos del mismo entorno y del mismo per\u00edodo\u00bb. Como no tenemos cr\u00e1neos fosilizados de primates no hom\u00ednidos de menos de ocho millones de a\u00f1os de antig\u00fcedad, es f\u00e1cil ver las dificultades a las que nos enfrentamos a la hora de establecer hip\u00f3tesis en torno a los factores que desencadenaron el gran aumento del tama\u00f1o del cerebro.<\/p>\n<p>En fin, \u00bfpor qu\u00e9 creci\u00f3 nuestro cerebro y no el de otros carn\u00edvoros por excelencia? Se ha respondido que el aumento del cerebro se pudo deber al car\u00e1cter social de los primates, pero: \u00abel cerebro del aye aye tiene, con mucho, el mayor tama\u00f1o relativo encontrado entre los prosimios, con un valor pr\u00f3ximo a la media de los primates no prosimios. Pero posee h\u00e1bitos solitarios, de modo que la complejidad social no puede explicar su cerebro sobresaliente\u00bb (Martin, 2000).<\/p>\n<p>Por otra parte, no todos los cient\u00edficos est\u00e1n de acuerdo en que el cerebro humano no haya hecho otra cosa m\u00e1s que crecer en los \u00faltimos dos millones y medio de a\u00f1os. Robert D. Martin afirma que: \u00abcada vez hay m\u00e1s pruebas de que el cerebro de los componentes de nuestra propia especie Homo sapiens era antes mayor que ahora\u00bb, concluyendo que \u00ablos cambios de mayor trascendencia para la sociedad humana han ido acompa\u00f1ados de un descenso progresivo de nuestro tama\u00f1o cerebral\u00bb (Martin, 2000).<\/p>\n<p>Adem\u00e1s, la hip\u00f3tesis del surgimiento de la inteligencia por consumo de carne representa un razonamiento circular. Seg\u00fan esta hip\u00f3tesis, el consumo de grandes cantidades de carne ser\u00eda posible gracias al hecho de tener unos cerebros voluminosos que permitir\u00edan tener el m\u00ednimo de inteligencia para poder fabricar las herramientas que posibilitar\u00edan descuartizar y descarnar los restos de grandes animales. Pero no hay que olvidar que el presupuesto b\u00e1sico de esta hip\u00f3tesis es que los grandes cerebros se consiguen tras consumir carne. En definitiva: la conclusi\u00f3n de la hip\u00f3tesis es, tambi\u00e9n, la premisa de la que se parte. Arsuaga ya se hab\u00eda dado cuenta de esto mismo al afirmar que este tema es como la pescadilla que se muerde la cola (Arsuaga y Mart\u00ednez, 2006).<\/p>\n<p>Tras distinguir entre un escenario evolutivo hipot\u00e9tico y lo que es una verdad cient\u00edfica firmemente establecida a partir del an\u00e1lisis de datos objetivos, cabe afirmar que la ciencia a\u00fan no puede, hoy por hoy, determinar c\u00f3mo surgi\u00f3 la inteligencia humana.<\/p>\n<p><strong>Referencias<\/strong><\/p>\n<p>Aiello, L.C. and P. Wheeler (1995) The expensive tissue hypothesis: the brain and the digestive system in human and primate evolution. Current Anthropology, 36, 199-221.<\/p>\n<p>Arsuaga, J. L. &amp; Mart\u00ednez, I. (1999 ) La especie elegida. Madrid: Temas de hoy.<\/p>\n<p>Arsuaga, J. L. (2002) Los abor\u00edgenes. La alimentaci\u00f3n en la evoluci\u00f3n humana. Barcelona: R.B.A.<\/p>\n<p>Calvin, W. H. (1994) Aparici\u00f3n de la inteligencia. Investigaci\u00f3n y Ciencia, 219, 79-85<\/p>\n<p>Leonard, W. R. (2002) Food for thought. Dietary change was a driving force in human evolution. Scientific American, 287, 106-112.<\/p>\n<p>Martin, R. D. (2000) Capacidad cerebral y evoluci\u00f3n humana. En Los or\u00edgenes de la humanidad, Investigaci\u00f3n y Ciencia, Temas 19, 54-61.<\/p>\n<p>Oppenheimer, S. (2004) Los senderos del Ed\u00e9n. Or\u00edgenes y evoluci\u00f3n de la especie humana. Barcelona: Ed. Cr\u00edtica.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Carlos Alberto Marmelada Centro Educativo Mestral de Igualada, Barcelona, Espa\u00f1a. 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