Marta Gonzalez y Tomás Bonavia
Dept. de Psicología Social, Universidad de Valencia, España

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En este artículo se desarrollan algunos aspectos de la Teoría Prospectiva formulada por Kahneman y Tversky (1979). Desde que se planteara esta teoría sabemos que nuestras elecciones frecuentemente no coinciden con lo que predicen los modelos racionales. El hecho de que la situación esté descrita en forma de pérdidas o ganancias, o enmarcada de una manera particular, afecta de modo determinante a nuestras decisiones.



La razón y la emoción, por separado, se convierten en procesos que pueden perjudicar nuestro futuro por medio de decisiones desacertadas. Somos capaces de valorar una decisión, a pesar de su racionalidad, como inadecuada (“matar a uno para salvar a muchos”). También somos capaces de advertir decisiones inadecuadas por lo exagerado de las razones que las motivan (“no viajar por el miedo a volar”). En definitiva, nos valemos de un equilibrio entre lo racional y lo emocional para decidir de manera correcta, proceso éste que se ha ido conformando gracias a nuestra experiencia vital.
Según los defensores de las frecuencias naturales, el cerebro humano se ha especializado a lo largo de la evolución en procesar datos en este formato. Eso, y la menor complejidad de las frecuencias, subyace a nuestras dificultades al usar probabilidades. Estudios recientes contradicen las conclusiones frecuentistas apuntando a la representación de la información y su complejidad como motor de las diferencias.