¿Influye la lengua que hablamos en nuestra conceptualización del espacio? El caso de los marcos de referencia espaciales

Iraide Ibarretxe-Antuñano
Dept. de Lingüística General e Hispánica, Universidad de Zaragoza, España

(cc) Maia CExiste una gran variedad en las relaciones y categorías semánticas espaciales que utilizan las lenguas del mundo. Algunos estudios clásicos sobre el relativismo lingüístico demuestran que esta variedad se ve reflejada en la cognición espacial de los hablantes de esas lenguas.

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Un marco de referencia espacial es un sistema de coordenadas implícito que utilizamos cuando hablamos de la ubicación de unos objetos en relación a otros. Cuando una persona dice que “el ordenador está delante de mí”, está localizando el objeto ORDENADOR dentro de un sistema de coordenadas centrado en el objeto YO, que tiene al menos un eje delante-detrás (y posiblemente otros ejes como izquierda-derecha y arriba-abajo). Tradicionalmente se ha pensado que estos sistemas son innatos y universales. Sin embargo, estudios recientes sobre el relativismo lingüístico muestran que los hablantes de diferentes lenguas describen y organizan las relaciones espaciales de modos distintos. ¿Será cierto entonces que las lenguas influyen en cómo percibimos el mundo?

Figura 1Según Levinson (1996), se pueden distinguir tres tipos de marcos de referencia principales: (1) el relativo, que utiliza el punto de vista del observador, es decir, sus propias coordenadas corporales, y lo aplica al objeto, a la relación espacial entre la figura y la base (en la Figura 1, “el árbol está a la derecha de la casa”); (2) el intrínseco, que hace uso de los objetos en relación con sus propias coordenadas intrínsecas (“el árbol está a la izquierda de la casa”); y (3) el absoluto, que indica la posición del objeto en el espacio en función exclusivamente de puntos orientativos fijos; esto puede basarse en puntos cardinales (“el árbol está al este de la casa”) o en características del entorno, como la inclinación de las montañas (cuesta arriba/cuesta abajo) o la dirección de los monzones (monzón este/monzón oeste). Lo más interesante de los estudios de Levinson y sus colaboradores (Levinson, 2003; Levinson y Wilkins, 2006; Levinson et al., 2002; Majid et al., 2004; Pederson et al., 1998) es que nos muestran que existe una gran diversidad lingüística en un área donde siempre se ha presupuesto cierta universalidad, y que además, esta diversidad guarda una relación muy estrecha con la cognición espacial.

Uno de los puntos en los que se encuentra variedad es, por ejemplo, en el número y el tipo de marcos de referencia que una lengua determinada usa para describir estas relaciones espaciales. Aunque algunas lenguas utilizan los tres marcos de referencia (p.ej., el tamil) y otras un solo marco exclusivamente (p.ej., el guugu yimithirr), lo más común es utilizar dos de ellos. Normalmente, el marco de referencia intrínseco suele aparecer en la mayoría de las lenguas, aunque sea de forma fosilizada; los marcos absoluto y relativo, por otro lado, no suelen utilizarse conjuntamente. En castellano se puede elegir entre estos distintos sistemas de referencia, como ejemplificábamos antes. Un hablante de guugu yimithirr, que usa sólo el marco absoluto, sitúa los diferentes elementos en el espacio utilizando los puntos cardinales, y diría siempre “el árbol está al este de la casa”. En algunos casos en los que las lenguas utilizan varios marcos de referencia, también se pueden encontrar diferentes restricciones de uso que regulan cuándo se va a utilizar cada uno de esos marcos. En el tzeltal de Tenejapa, por ejemplo, el marco de referencia intrínseco deja de utilizarse a favor del absoluto cuando los objetos a los que se hace referencia están demasiado alejados en el espacio.

Otro punto de variación se encuentra en la propia organización y estructura de cada uno de los marcos de referencia en cada lengua, ya que las propiedades direccionales de estos marcos se pueden construir de formas muy diversas. Por ejemplo, las partes a las que se va a hacer referencia en el marco intrínseco pueden elegirse según la orientación canónica de un objeto, la orientación funcional, la dirección del movimiento… En castellano, tomando como base un modelo zoomórfico, decimos “la cabeza” y “la cola del tren”, para referirnos al principio y al final del tren. En el marco absoluto, los puntos orientativos fijos son diferentes según las lenguas que utilizan este modelo: puntos cardinales (guugu yimithirr), pendiente montañosa (tzeltal de Tenejapa), drenaje de los ríos (jaminjung) o alguna combinación de puntos fijos como en el arrernte, que toma los puntos cardinales y los vientos preponderantes.

Figura 2Pero, aún más importante, estas diferencias lingüísticas parece que se corresponden con diferencias de la cognición espacial en los hablantes de estas lenguas. Levinson y sus colaboradores han llevado a cabo numerosos experimentos en los que se demuestra cómo estas diferencias también están presentes en la memoria no lingüística, en la navegación y en tareas lógicas. Un procedimiento muy usado es el de la rotación, donde los participantes, tras observar un conjunto de objetos o una trayectoria espacial, rotan 180º y reconstruyen la escena (Figura 2). Se descubrió que los hablantes de lenguas que utilizan un marco absoluto mantienen la orientación del estímulo original (opción en verde), mientras que los hablantes de lenguas de marco relativo cambian la orientación original de los objetos para mantener su localización relativa al observador (opción en rojo).

Se ha descubierto, además, que la orientación de los gestos de los hablantes de lenguas que utilizan el marco de referencia absoluto es también absoluta. Haviland (1993) filmó en dos ocasiones a un hablante de guugu yimithirr narrando cómo volcaba un barco hacia el oeste, tras un intervalo de dos años y con la persona orientada de modo diferente respecto a los puntos cardinales. Sus gestos en ambos casos fueron hacia el oeste.

Para concluir, todos estos estudios indican que la lengua que hablamos influye en nuestra conceptualización del espacio. El siguiente paso es comprobar si estos efectos relativistas que encontramos en el dominio de la categorización espacial aparecen también en otros dominios conceptuales (véase Valenzuela, 2007).

Referencias

Haviland, J. B. (1993) Anchoring, iconicity and orientation in Guugu Yimithirr pointing gestures. Journal of Linguistic Anthropology, 3:1, 3-45.

Levinson, S. C. (1996) Language and space. Annual Review of Anthropology, 25, 353-382.

Levinson, S. C. (2003) Space in language and cognition. Explorations in cognitive diversity. Cambridge: Cambridge University Press.

Levinson, S. C. y D. P. Wilkins (2006) Grammars of space. Explorations in cognitive diversity. Cambridge: Cambridge University Press.

Majid, A., M. Bowerman, S. Kita, D. B. M. Haun y S. C. Levinson (2004) Can language restructure cognition? The case for space. Trends in Cognitive Sciences, 8:3, 108-114.

Pederson, E., E. Danzinger, D. P. Wilkins, S.C. Levinson, S. Kita y G. Senft (1998) Semantic typology and spatial conceptualisation. Language, 74, 557-589.

Valenzuela, J. (2007) Relativismo lingüístico: ¿Qué tal suena? Ciencia Cognitiva: Revista Electrónica de Divulgación, 1:1, 15-17.

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