La antropología, ¿una ciencia cognitiva?

Sergio Morales Inga
Escuela Académico Profesional de Antropología, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Perú

(dp) Imagen tomada de Anthropology and the Classics: Six Lecturas Delivered Before the University of Oxford (1908) mostrando dibujos en piedra considerados precursores de un sistema de escritura.

(dp) Imagen tomada de Anthropology and the Classics: Six Lecturas Delivered Before the University of Oxford (1908) mostrando dibujos en piedra considerados precursores de un sistema de escritura.

En este artículo se expone el surgimiento de la antropología cognitiva, sus influencias teórico-metodológicas más importantes, así como su principal objeto de estudio: la relación entre cultura y cognición.

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Surgida a mediados del siglo XX, la antropología cognitiva (AC) es una rama de la antropología cuyo objeto de estudio es el vínculo entre cognición y cultura. Según D’Andrade (2003), “[e]l antropólogo cognitivo estudia cómo las personas dentro de grupos sociales conciben y piensan acerca de los objetos y eventos que componen su mundo –incluyendo objetos físicos, como las plantas silvestres, o eventos abstractos, como la justicia social” (p. 1).

Gracias a la exploración sistemática de múltiples sociedades no-occidentales (iniciada en el siglo XVI), se volvió imperativo determinar si la mente humana podía ser realmente comprendida ignorando aquella diversidad sociocultural. Mucho antes del nacimiento de las ciencias cognitivas, la antropología ya estudiaba el pensamiento humano, sea mediante las clasificaciones primitivas (por Durkheim y Mauss en 1901), el pensamiento pre-lógico (por Lévy-Bruhl en 1927) o la relación cultura–personalidad (por Benedict, Kardiner, Mead y Linton durante los años 30). Sin embargo, las bases de la AC propiamente dicha no llegarían sino hasta los años 50, tras la presunta muerte del conductismo y el establecimiento de lo que Gardner llamó “revolución cognitiva”.

Por influencia del método transcultural de Murdoch (cuyo trabajo comparó hasta 500 sociedades) y de la gramática generativa transformacional de Chomsky, los primeros antropólogos cognitivos –como Goodenough y Lounsbury– emplearon el análisis componencial para estudiar los sistemas terminológicos de parentesco en diversas sociedades. Posteriormente, se fundaron las primeras escuelas de AC en Stanford (liderada por Romney, D’Andrade y Frake) y California en Berkeley (encabezada por Berlin y Kay), especializadas en el estudio del conocimiento indígena o etnociencia, un campo vinculado a la percepción, nominalización y clasificación de entidades, sean plantas (etnobotánica) o animales (etnobiología).

Dada su capacidad de moldear la conducta individual y social, la AC estudia la cognición humana mediante el análisis de la cultura. No obstante, cabe una precisión: para la AC, cultura no se refiere únicamente a artefactos, valores o patrones de comportamiento, sino a la organización de tales cosas. Para Goodenough, cultura “[e]s la forma de las cosas que tienen en mente las personas, sus modelos para percibir, relacionarse y, de otra manera, interpretarlas” (citado por Boster, 2005: 94-95). Dicho esto, no sólo los objetos físicos son cultura, puesto que “[l]os entornos de comportamiento, que consisten en complejos mensajes y señales, derechos y deberes, roles e instituciones, conforman una realidad culturalmente constituida” (D’Andrade, 1981: 180).

Estudiándolas conjuntamente, la AC ha demostrado que el vínculo entre cultura y cognición es recíproco. Por ello, según Barret, Stich y Laurence (2012), las ciencias cognitivas no pueden prescindir de la antropología, ya que sin comparaciones interculturales sería imposible determinar qué aspectos de la cognición humana son generalizables. Estableciendo la diversidad cognitiva como un hecho comprobado (Bender y Beller, 2016), la AC ha buscado superar “el pecado original de las ciencias cognitivas: la negación de la variabilidad y la diversidad de la cognición humana” (Levinson, 2012: 397).

En una primera instancia, la AC estudia la parte cognitiva de la cultura, al determinar cómo esta interactúa con procesos psicológicos tales como razonamiento, memoria, emoción o percepción. En una segunda instancia, la AC analiza la función cognitiva de la cultura, al considerarla como una forma de conocimiento. Para Boster (2005), los antropólogos cognitivos buscan comprender cómo nace la cultura mediante el entendimiento colectivo del entorno en grupos humanos, para descubrir patrones de similitudes y diferencias transculturales. Es tratando la cognición como un fenómeno cultural que la AC puede aprehender sus diversas manifestaciones (inteligencia, cognición espacial, razonamiento, taxonomías, esquemas, representaciones colectivas, juicios morales, etcétera) para determinar cómo contenido y procesamiento difieren en múltiples sociedades (Bender y Beller, 2011).

En una reciente publicación, Colagè y d’Errico (2018) señalaron que la cultura influye directamente sobre las capacidades cognitivas de los individuos (exaptación cultural) y sobre sus sustratos neuronales (reutilización neuronal cultural), estableciendo “un nuevo mecanismo para la evolución cognitiva en el que la cultura es la fuerza motriz” (p. 2). Tanto el volumen 7 (número 4) de la revista Topics in Cognitive Science, titulado “Explorando la diversidad cognitiva: Perspectivas antropológicas sobre la cognición” (Beller y Bender, 2015), como el que habrá de publicarse próximamente, titulado “La evolución cultural de la cognición”, exploran importantes tópicos de la AC. Asimismo, diversos libros (Shore, 1996; D’Andrade, 2003) y compendios (Kronenfeld, Bennardo, de Munck y Fischer, 2011, Figura 1) brindan un sólido panorama del campo que todo especialista debería considerar. Para Bender, Hutchins y Medin (2010) la pregunta queda establecida: “[s]i el cerebro es organizado por la experiencia y la experiencia es organizada por la cultura, ¿no deberíamos, entonces, esperar que la cultura sea una fuerza formativa de los procesos cognitivos?” (p. 380).

Figura 1.- A Companion to Cognitive Anthropology (Wiley-Blackwell, 2011), editado por David Kronenfeld, Giovanni Bennardo, Victor de Munck y Michael Fischer, es uno de los compilados más importantes de antropología cognitiva.

Figura 1.- A Companion to Cognitive Anthropology (Wiley-Blackwell, 2011), editado por David Kronenfeld, Giovanni Bennardo, Victor de Munck y Michael Fischer, es uno de los compilados más importantes de antropología cognitiva.

Aunque los debates continúen, algo es cierto: si buscamos un entendimiento completo de la cognición humana, debemos comprender cómo la cultura opera sobre ella. El dilema es saber si esto constituye motivo suficiente para considerar la antropología como una ciencia cognitiva.

Referencias

Barrett, H., Stich, S., y Laurence, S. (2012). Should the study of Homo sapiens be part of cognitive science? Topics in Cognitive Science, 4, 379-386.

Bender, A., y Beller, S. (2011). The cultural constitution of cognition: Taking the anthropological perspective. Frontiers in Psychology, 2: 1-6.

Bender, A. y Beller, S. (2016). Current perspectives on cognitive diversity. Frontiers in Psychology, 7: 1-7.

Bender, A., Hutchins, E., y Medin, D. (2010). Anthropology in cognitive science. Topics in Cognitive Science, 2, 374-385.

Boster, J. (2005). Categories and cognitive anthropology. En H. Cohen y C. Lefebvre (eds.), Handbook of Categorization in Cognitive Science (pp. 91-118). US: Elsevier.

Colagè, I. y d’Errico, F. (2018). Culture: The driving force of human cognition. Topics in Cognitive Science. Publicado online en: https://onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1111/tops.12372

D’Andrade, R. (1981). The cultural part of cognition. Cognitive Science, 5, 179-195.

D’Andrade, R. (2003). The Development of Cognitive Anthropology. UK: Cambridge University Press.

Kronenfeld, D., Bennardo, G., De Munck, V., y Fischer, M. (Eds.). (2011). A Companion to Cognitive Anthropology. UK: Wiley-Blackwell.

Levinson, S. (2012). The original sin of cognitive science. Topics in Cognitive Science, 4, 396-403.

Shore, B. (1996). Culture in Mind. NY: Oxford University Press.

Manuscrito recibido el 10 de agosto de 2018.
Aceptado el 30 de noviembre de 2018.

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