La piel subjetiva: Estudio de las emociones a través de la termografía

Elvira Salazar (a) y Emilio G. Milán (b)
(a) Dept. of Human Movement Science, Technical University of Munich, Alemania
(b) Centro de investigación Mente, Cerebro y Comportamiento, Universidad de Granada, España

(cc) Danie Ware.

(cc) Danie Ware.

Las emociones se perciben con frecuencia en el cuerpo y la cara, donde se hace manifiesto que los cambios fisiológicos surgen de los estados emocionales. La temperatura, siendo un indicador fisiológico, puede emplearse también como marcador psicológico. En nuestro laboratorio hemos demostrado que existe una huella térmica específica asociada a diferentes estados emocionales básicos, como la alegría o el dolor, o a estados emocionales más complejos, como la empatía o el amor. La termografía se presenta como una técnica prometedora para avanzar en el conocimiento de los mecanismos psicológicos que subyacen al comportamiento humano.

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Nuestra experiencia cotidiana está plagada de pensamientos y sentimientos que percibimos como inevitables y que desbordan nuestro control en muchas ocasiones. Los padres de la psicología actual abordaban ya en el S.XIX el estudio de la mente en relación a los cambios del cuerpo. Según relata James (1890), Lombard colocaba termómetros en el cuero cabelludo para demostrar que cualquier esfuerzo mental, como el cálculo, la composición de música, el recitar poesía y, sobre todo, cualquier estado emocional, como, por ejemplo, una discusión enérgica, causan un aumento general de la temperatura. James concluía que la actividad del cerebro está ligada a una liberación de calor.

La termografía es la representación visual de los cambios en la temperatura de la superficie de la piel (Jones, 1998). Esta técnica es una medida psicofisiológica de registro sencillo, económica y directa (Or y Duffi, 2007) de uno de los parámetros corporales que acompañan cualquier situación emocional. La temperatura habitual del organismo está entre 36º y 37ºC, siendo la frente el punto más estable, mientras que la nariz es el más variable. Genno y cols. (1997), pioneros en aplicar esta técnica a procesos psicológicos, mostraron que una actividad que implique un esfuerzo mental puede hacer descender la temperatura facial: para nuestro cuerpo la actividad mental se asemeja a la respuesta de estrés, que produce un proceso de vasoconstricción en la nariz. Lo interesante de este estudio es que el descenso de temperatura no se debe a un factor fisiológico, como sería, por ejemplo, el realizar una actividad física, sino psicológico, una tarea estresante, que muestra un patrón termográfico concreto. Ésta es la clave para aplicar esta técnica a otros procesos psicológicos que contienen respuestas similares, equiparables, del sistema nervioso, como las emociones.

A la hora de estudiar las emociones complejas, conceptos como arousal (cantidad de activación que produce un estímulo) o valencia (el sentido positivo o negativo de la emoción) son conceptos básicos (Lang, 1995). Nuestra idea ha sido usar la termografía como marcador somático de la respuesta emocional, trabajando con la hipótesis de que los termogramas faciales pueden usarse como indicadores fiables de parámetros emocionales. Con este fin realizamos tres estudios diferentes (Salazar-López y cols., 2015). En todos ellos los participantes visualizaban en un ordenador varios conjuntos de imágenes de distintos tipos, mientras que la cámara termográfica detectaba la temperatura de su cara. Para el procesamiento de datos, la cara se divide en regiones de interés (ROI, por sus iniciales en inglés), como la frente, la punta de la nariz, las mejillas o el área orbital, y se calcula la diferencia de temperatura de las ROI antes, durante y después de la presentación de estímulos (Figura 1).

Figura 1

Figura 1.- Principales ROIs de la cara. La barra muestra el código de color para cada temperatura.

En el primer experimento presentamos imágenes del International Affective Picture System de Lang y cols. (2005) que variaban en los componentes de valencia y arousal en emociones básicas (alegría, tristeza, ira…) para estudiar su relación con cambios de temperatura en la cara. Encontramos un incremento de la temperatura facial ante imágenes positivas y también cuando las imágenes presentadas son más “activantes” (Figura 2). Además, ambos efectos interaccionan de tal forma que, en la punta de la nariz, encontramos incrementos de la temperatura ante imágenes positivas y que generan alta activación, o descensos de temperatura al presentar imágenes de baja activación y valencia negativa. Por ejemplo, la tristeza, que se define como de valencia negativa y bajo arousal, se asocia con un patrón de descenso de temperatura en algunas regiones de la cara.

Figura 2

Figura 2.- Cambios térmicos significativos producidos ante la presentación de los diferentes sets de imágenes. Set1: arousal bajo + valencia positiva; Set2: arousal bajo + valencia negativa; Set3: arousal alto + valencia positiva; Set4: arousal alto +valencia negativa.

En el segundo experimento los participantes observaron situaciones en las que terceras personas experimentaban una emoción, poniendo en juego una respuesta empática en el observador. Los resultados demostraron que se produce un descenso de la temperatura de la nariz ante situaciones de contagio emocional, tanto positivas como negativas, y que el termograma cuando observamos las emociones de otros varía más dependiendo de la intensidad de esa emoción que del sentido, positivo o negativo, de la misma.

Nuestro tercer experimento se centró en los cambios termográficos ante la respuesta emocional del amor, entendido como la manifestación incondicional del afecto que se siente ante diferentes figuras de apego. En concreto, exploramos la respuesta ante el amor religioso (a Dios) y el pasional (a la pareja). Los termogramas de personas creyentes cuando estaban rezando, actividad realizada de memoria, mostraban un descenso significativo de la temperatura de la nariz de 1.1º C como promedio, mientras que cuando hablaban con Dios, es decir, como en una conversación, no de memoria, la temperatura de la nariz subía significativamente en 1.6º C, cambios no detectados en un grupo control de personas no creyentes. Cuando se trata del amor romántico, la temperatura de la cara de participantes enamorados ascendía cuando veían fotografías de la persona amada (Figura 3). Concluimos que el sentimiento del amor desencadena emociones de alto arousal y valencia positiva y, por tanto, patrones termográficos como los presentados en el primer experimento pueden ser generados también por emociones complejas, como el amor.

Figura 3

Figura 3.- Participante masculino (superior) y femenino (inferior) muestran cambios significativos de temperatura en la cara cuando ésta se compara ante imágenes neutras (izquierda) e imágenes de la persona amada (derecha).

Ante estos resultados, la termografía puede considerarse una medida de la emoción, constituyendo un marcador somático de la experiencia subjetiva que puede ser de utilidad en otros contextos. Así, Gómez-Milán y col. (2015) aplican la termografía al estudio de la mentira (mostrando el “efecto Pinocho”), la toma de decisiones, el Parkinson o la danza.

Referencias

Genno, H., y cols. (1997). Using facial skin temperature to objectively evaluate sensations. International Journal of Industrial Ergonomics, 19, 161–171.

James, W. (1890). The Principles of Psychology. New York: Holt.

Jones, B. F. (1998). A reappraisal of the use of infrared thermal image analysis in medicine. IEEE Transactions on Medical Imaging, 17, 1019-1027.

Lang, P. J. (1995). The emotion probe: Studies of motivation and attention. American Psychologist, 50, 371–385.

Lang, P. J., Bradley, M. M., y Cuthbert, B. N. (2005). International Affective Picture System (IAPS): Affective ratings of pictures and instruction manual (Technical Report No. A-6). Ganesville, FL: University of Florida, Center for Research in Psychophysiology.

Or, C. K. L., y Duffy, V. G. (2007). Development of a facial skin temperature-based methodology for non-intrusive mental workload measurement. Occupational Ergonomics, 7, 83–94.

Gómez Milán, E., y cols. (2015). Neurotermografía y Termografía Psicosomática. Granada, España: Ediciones Fundación Internacional Artecittà.

Salazar-López, E., y cols. (2015). The mental and subjective skin: Emotion, empathy, feelings and thermography. Consciousness and Cognition, 34, 149-162.

Manuscrito recibido el 15 de agosto de 2015.
Aceptado el 1 de febrero de 2016.

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