¿Es realmente arbitraria la relación entre las palabras y sus significados?

José Antonio Villén Raya, Francisco José Pérez Díaz y Ana Cristina Martín Jiménez
Facultad de Psicología, Universidad de Sevilla, España

(cc) Gerard Girbes Berges.

(cc) Gerard Girbes Berges.

Desde Saussure, el lenguaje ha sido caracterizado como un sistema arbitrario en el que no existe ningún tipo de relación entre el significante y el significado, más allá de la que se genera por convención social. Los estudios más recientes no apoyan esta hipótesis por completo, sugiriendo que el cerebro humano es capaz de establecer relaciones entre sonidos y formas en función de las características de ambos. Esta capacidad de relacionar los sonidos y las formas está programada en nuestro cerebro desde que nacemos y posiblemente juega un papel importante en la adquisición del lenguaje.

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¿Existe una relación no arbitraria entre la palabra hablada y el objeto al que se refiere? Esta es una cuestión que ha generado intensos debates desde la lingüística a la neurociencia cognitiva. Saussure (1945) caracterizó el lenguaje de la siguiente forma: “El lazo que une el significante al significado es arbitrario; […] el signo lingüistico es arbitrario. Así, la idea de Sur no está ligada por relación alguna interna con la secuencia de sonidos /sur/ que le sirve de significante; podría estar representada tan perfectamente por cualquier otra secuencia de sonidos”.

La concepción de Saussure sobre la arbitrariedad del lenguaje se estableció como la ortodoxia en lingüística, aunque antes de sus propuestas ya existían posturas diferentes, e incluso estudios que las contradecían. A principios del siglo pasado, Jespersen (1922) planteó una de las primeras teorías en contra de la arbitrariedad del lenguaje mediante su hipótesis del “ding-dong”. Esta hipótesis sugiere que existe una cierta correspondencia entre significantes y significados, de forma que en la mayoría de las lenguas los objetos pequeños, agudos y altos suelen nombrarse con vocales anteriores altas (/i/), mientras que objetos grandes, redondos y bajos tienden a nombrarse con vocales posteriores (/o/, /u/). Estas teorías que se encuentran a favor de la “no arbitrariedad” del lenguaje se enmarcan en lo que se conoce como simbolismo fonético.

Unos años más tarde, Köhler (1929) demostró empíricamente que existe una relación entre el sonido de una palabra y las características físicas del objeto al que se refiere. Ese efecto (al que hoy día se conoce como “efecto buba-kiki”) consistía en presentar a una persona dos objetos: uno con una forma puntiaguda y muy angulosa, y otro con una forma más curvada y un contorno suave (Figura 1). A continuación, los participantes tenían que asignar a cada forma las pseudopalabras /takete/ o /maluma/. Köhler encontró que la mayoría de las personas asociaban la palabra /takete/ a la forma puntiaguda, mientras que la palabra /maluma/ solía asignarse a la forma redondeada.

Figura 1

Figura 1.- Figuras picudas y redondeadas similares a las usadas por Köhler (1929).

Oberman y Ramachandran (2008) replicaron el estudio de Köhler (aunque en lugar de los nombres /maluma/ y /takete/ utilizaron los nombres /bouba/ y /kiki/) incluyendo como población de comparación a personas autistas. Los resultados fueron congruentes con los estudios de Köhler en la población normal: el 90% aproximadamente asociaba la palabra /bouba/ con la forma redondeada y la palabra /kiki/ con la forma puntiaguda. En contraste, encontraron que en población autista sólo el 60% realizaba tal asociación. Estos resultados muestran que la capacidad de detectar relaciones no arbitrarias entre significante y significado puede estar relacionada con las capacidades conceptuales que se encuentran alteradas en el autismo.

Bremner y cols. (2013) encontraron también el efecto buba-kiki en la población Himba (Namibia), que apenas tiene influencia occidental y que además carece de lenguaje escrito. Este estudio sugiere que el simbolismo fonético es un fenómeno universal y programado filogenéticamente. Tales asociaciones sistemáticas entre formas y sonidos se han demostrado en niños de 2,5 años (Maurer, Pathman y Mondioch, 2006), aunque este estudio no deja claro si los emparejamientos son el resultado de la exposición al idioma o el producto de una tendencia inicial. Para resolver este punto, Ozturk, Krehm y Vouloumanos (2012) realizaron un ingenioso experimento en el que exponían a niños de solamente 4 meses de edad a asociaciones congruentes e incongruentes de sonido y forma, similares al efecto buba-kiki. Encontraron que los bebés permanecían significativamente más tiempo mirando las imágenes cuando la asociación era incongruente que cuando era congruente. Es decir, con sólo 4 meses de edad ya eran capaces de detectar las equivalencias entre sonidos y formas. Asimismo, estos autores presentaron a los niños también las mismas formas picudas o redondeadas junto con pseudopalabras que sólo diferían en las vocales, p.ej., /koko/ y /kiki/, y también sonidos que sólo diferían en consonantes, p.ej., /bobo/ y /koko/. En estos dos últimos casos, los bebés no mostraron preferencias en la asociación de etiquetas y formas (véase la Figura 2). En cambio, los adultos sí eran capaces de realizar la asociación buba-kiki solamente con vocales y solamente con consonantes. Por tanto, parece que desde el nacimiento hay ciertos patrones predeterminados para el simbolismo fonético, pero la experiencia va a jugar un papel importante en el desarrollo de esta capacidad.

Figura 2

Figura 2.- Tiempo de observación en bebés de 4 meses ante estímulos visuales y sonoros congruentes o incongruentes con el efecto “buba-kiki” (Ozturk, Krehm y Vouloumanos, 2012).

Por otro lado, Thompson y Estes (2011) demostraron que existen ciertos fonemas que indican pequeñez (p.ej., /i/) y otros que indican un tamaño grande (p.ej., /u/). En su experimento mostraron “greebles” (objetos desconocidos) de diferentes tamaños y los participantes tenían que asociar pseudopalabras a estos objetos dependiendo del tamaño. Esas pseudopalabras contenían combinaciones de fonemas que indicaban pequeñez o grandeza, de modo que, por ejemplo, la palabra /titiki/ contiene todos los fonemas que indican pequeñez y /gobudu/ tiene todos los fonemas que indican un tamaño grande. Las elecciones de los participantes revelaron una relación gradual entre el sonido y el tamaño: el tamaño del objeto predijo perfectamente el número de fonemas asociados a gran tamaño que contenía la palabra con la que se relacionaba.

En conclusión, la investigación ha demostrado que las personas son capaces de captar una relación entre los sonidos que utilizamos como nombres y las características de los objetos a los que hacemos referencia. Asimismo, este fenómeno se da en culturas muy alejadas del mundo occidental y en bebés de muy corta edad, lo que sugiere que se trata de un fenómeno filogenéticamente programado. Empero, no podemos negar la evidente arbitrariedad presente en el vocabulario de los lenguajes. Por tanto, lo más adecuado es proponer una postura intermedia en la que se admitan algunas correspondencias entre fonemas de palabras y referentes, a la vez que se reconoce cierta arbitrariedad.

En cuanto a la temprana capacidad del cerebro humano para establecer relaciones entre sonidos y formas, creemos (con otros, véase Perniss, Thompson y Vigliocco, 2010) que puede tener una importante función evolutiva: facilitar la adquisición del lenguaje. Futuras líneas de investigación en este ámbito podrían generar estrategias para mejorar el aprendizaje de segundas lenguas, e incluso nuevas herramientas diagnósticas y terapéuticas que permitieran un mejor tratamiento de personas con dificultades en la adquisición de vocabulario.

Referencias

Bremner, A.J., Caparos, S., Davidoff, J., de Fockert, J., Linell, K.J., y Spence, C. (2013). “Bouba and “Kiki” in Namibia? A remote culture make similar shape-sound matches, but different shape-taste matches to Westerns. Cognition, 126, 165-172.

De Saussure, F. (1945). Curso de Lingüística General. Buenos Aires: Editorial Losada.

Jespersen, O. (1922). Language: Its Nature, Development and Origin. London: Allen & Unwin.

Köhler, W. (1929). Gestalt Psychology. New York: Liveright.

Maurer, D., Pathman, T., y Mondloch, C. (2006). The shape of boubas: Sound –shape correspondences in toddlers and adults. Developmental Science, 9, 316-322.

Oberman, L. M., y Ramachandran, V.S. (2008). Preliminary evidence for deficits in multisensory integration in autism spectrum disorders: The mirror neuron hypothesis. Social Neuroscience, 3, 348-355.

Ozturk, O., Krehm, M., y Vouloumanos, A. (2012). Sound symbolism in infancy: Evidence for sound-shape cross-modal correspondences in 4-months-olds. Journal of Experimental Child Psychology, 114, 173-186.

Perniss, P., Thompson, R. L., y Vigliocco, G. (2010). Iconicity as a general property of language: Evidence from spoken and signed languages. Frontiers in Psychology, 1, 227.

Thompson, P. D., y Estes, Z. (2011). Sound symbolic naming of novel objects is a graded function. Quarterly Journal of Experimental Psychology, 64, 2392-2404.

Manuscrito recibido el 24 de marzo de 2015.
Aceptado el 22 de abril de 2015.

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